Mi cajón desastre en Internet

Khoana Zen

Enamorada del mar y la naturaleza Diseñadora gráfica y web Redactora, blogger y novelista Melómana, pseudocantante y bailarina fake

martes, 26 de marzo de 2019

Quemando los barcos



Pues sí: he quemado los barcos, las naves y el océano entero y me muero de miedo.

Debido a que esta historia incluye a terceras personas que no quiero mencionar, tengo que ahorrarme las partes más explicativas, pero digamos que nunca he sido muy fan del camino que marca la sociedad y que, para bien o para mal, siempre he tenido muy presente que la forma más sencilla de ser profundamente infeliz es ser una ovejita más siguiendo los pasos que todo el mundo sigue.


LAS PRÁCTICAS

Teniendo esto en mente, en abril de 2018 comencé con las prácticas que me harían terminar mis estudios (un grado superior del que ya hablaremos en otra ocasión). Al terminar, me ofrecieron quedarme: un trabajo normal, de 8 horas con el que ganaría un sueldo bastante mediocre, pero oye, mira: un sueldo al fin y al cabo. ¿Lo que cualquiera querría, no? Terminar los estudios y quedarte ya colocado ganando tu dinerito a final de mes y pudiéndote permitir un par de caprichos y, posiblemente, un alquiler con tu pareja o en un piso compartido con tus colegas en pleno centro de Madrid. Y no sé cómo te sonará esto, pero en cuanto me figuré una vida así me sobrevino una sensación de angustia enorme.


APLASTADA EN EL METRO

No, esa no quería que fuese mi vida. Respeto que mucha gente piense que desaproveché una oportunidad, pero llegando al fin del periodo de prácticas y aún sabiendo que me ofrecerían quedarme, empecé a buscar trabajo en otra parte. ¡Y me salió! Un trabajo mejor pagado, con las mismas horas pero un horario mucho mejor. Así que avisé al jefe de donde las prácticas de que al día siguiente no podría contar conmigo, ¡y comencé una nueva aventura...

... que solo duró dos meses. No estaba nada cómoda con el trabajo, y cualquiera que hubiera estado en ese puesto me habría llamado loca porque el jefe pasaba de todo y podías estar haciendo lo que te viniera en gana durante tus horas de trabajo. Sí, ¿y qué? ¿qué me aportaba eso, ir a un sitio a perder el tiempo y que me pagasen por ello? Pues quizás suene a utopía para muchos, pero yo al menos necesito sentirme realizada; sentir que lo que hago vale para algo y que si madrugo cada día y aguanto una hora siendo aplastada en el maldito Metro es para algo.


AL FIN... ¿O NO?

En esta historia faltan detalles que no contaré en un post que puede leer cualquiera, pero digamos que ni siquiera esperé a que me finalizase el contrato: di la carta de los 15 días y el 24 de agosto, que era viernes, salí de allí más contenta que cualquier cosa esperando tomarme unos días de descanso que nunca llegaron... y es que el día 25 (sábado, por cierto) me hicieron una entrevista telefónica para el que sería mi próximo puesto de trabajo, que por poco se solapa con el anterior (de hecho, la baja de un trabajo y el alta en el otro fueron el mismo día).

Este último trabajo se adaptaba más a mí: era en una escuela de Shiatsu con un ambiente totalmente diferente al de los otros dos sitios (hilo musical, incienso, silencio, gente haciendo yoga para calentar antes de comenzar las clases...). Además, el horario era perfecto para poderlo compaginar con mis proyectos porque eran tan solo 5 horas. ¿Qué podía ir mal? Pues entre otras cosas, esa vocecilla insoportable que tenemos los que estamos destinados a ser emprendedores que te dice "¿Pero qué haces trabajando para otros? ¿Sabes que si te dedicases el 100% a tus proyectos te irían mejor y podrías vivir de ellos? ¿A qué esperas, petarda?"... y la maldita voz parece haber ganado la batalla, así que tras finalizar el contrato, me quedaré en la calle. Esta vez sin excusas, sin buscar otro trabajo "por si acaso". No, Almudena*, no. Esta vez de verdad.


¿Y AHORA?

Pues eso mismo me pregunto yo... ¿y ahora qué? la misma voz tocapelotas que me repetía una y otra vez que estaba desaprovechando mi tiempo y mi vida haciendo algo que no quería hacer es tan retorcida que ahora solo me repite lo inútil que soy y lo injusto que sería que cobrase por mi trabajo. Además, ¿a quién se lo voy a cobrar? ¿de dónde voy a sacar los clientes? ¿quién va a confiar en mí si no soy nadie?

Maldito sea el Síndrome del Impostor, quien lo creó y todos los miedos paralizantes que se me agarran a los pies impidiéndome avanzar. ¿Pero sabes qué? Si no sientes miedo cuando vas a dar un paso hacia delante... es mala señal. Así que voy a coger ese miedo y voy a tirar de él hasta que se convierta en confianza en mí misma. Es difícil, sí, pero me lo voy a comer. ¡Anda que si me lo voy a comer! Déjame que te lo vaya mostrando.





* Por si a alguien le queda alguna duda y/o le ha explotado el cerebro, mi nombre no es Khoana, es Almudena... aunque prácticamente nadie me llama así (menos mi familia, mis amigos de la infancia... y yo cuando me cabreo conmigo misma).

No sabía muy bien cómo redactar este breve extracto sobre mí sin convertirlo en una enumeración absurda de datos separados por elegantes signos de punto y coma, así que por lo pronto te diré que navego libre y "vuelo como el viento, Perdigón", soy el alma de cualquier fiesta porque soy una fiesta en mí misma, siempre tengo la mente en las nubes y pienso que "los animales son amigos, no comida".

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